Por una taza de café...
Cada mañana, antes de ir al trabajo, pasaba a tomar un café con él, teníamos apenas quince minutos, pero para mi era el mejor momento del día.
Siempre me esperaba con la misma taza de café, ya que con el corre-corre de cada día, apenas lograba beber la mitad, nos despedíamos sin grandes gestos, como si el tiempo nunca fuera a faltarnos.
Pero un día dejamos de vernos, sin adiós, sin promesas, la vida, silenciosa y caprichosa, nos arrastró por caminos distintos y treinta y cinco años pasaron como un parpadeo interminable, no supe más de él, ni él de mí.
Mucho tiempo después, ya anciana e impulsada por un recuerdo que nunca me abandonó, fui a buscarlo.
Cuando abrió la puerta, nuestros ojos se reconocieron antes que nosotros mismos, me sonrió y, casi sin mediar palabra, una vez más me ofreció una taza de café, como si el tiempo hubiera quedado atrapado en aquel último encuentro.
Nos sentamos, hablamos de todo y de nada, de los años, de los silencios, de las pequeñas vidas que habíamos construido cada uno por su lado, por primera vez, bebí mi café hasta el final.
Fue entonces cuando vi algo en el fondo de la taza: una frase, aún vívida bajo el brillante esmalte de la porcelana: Cásate conmigo.
Lo miré, y con el corazón acelerado, apenas pude balbucear: ¿Qué es esto? Él sostuvo mi mirada con una dulzura infinita y me dijo, casi en un susurro: Mandé hacer esa taza hace treinta y cinco años especialmente para ti, esperando el día en que terminaras tu cafe y en ese instante supe que, a pesar del tiempo, algunas esperas nunca terminan...
Belkys

Comentarios
Publicar un comentario